El primer día, los vimos entrar por la puerta del autobús y todo el
mundo pensó que nos llevaríamos mal, que no encajaríamos y que se nos
haría demasiado eterno pasar una semana con ellos. Pero cuando nos
conocimos nos demostraron en seis días lo que no nos ha demostrado
alguna gente en muchos años.
Nos levantábamos a las ocho de la mañana con el sonido de una emisora que parecía estar rota. Bajábamos a desayunar, después de desayunar íbamos a los tajos (trabajos que había que hacer allí). Algunos trabajos eran limpiar los animales que había, como conejos, ovejas, cerdos, una yegua y un burro. También les dábamos de comer. Las personas de mantenimiento tenían que limpiar las casas, poner la mesa y recogerla.
A pesar de que algunas de estas tareas eran un poco asquerosas, han sido inolvidables por el simple hecho de conocer gente como ésta y saber que son amigos para toda la vida. Por las tardes había excursiones larguísimas, tanto que provocaron agujetas en muchos de nosotros. Pero a la vez divertidas.
Llegaba la noche. Cenas con pan volando por los aires y carcajadas de todo tipo. Hasta incluso lloros el último día.
Cuando llegaba el momento de recoger y soportar al cocinero ya no había tantas risas para los que les tocaba mantenimiento.
Y
bueno, que decir de la ``iglesia´´. Una sala de estar donde la música
no paraba, donde no dejábamos que la luz estuviera encendida un minuto,
donde la fiesta era imprescindible.
A las doce de la noche Cristina y Victor nos quitaban los móviles para asegurarse de que descansábamos.
Salida de Carboneras de Guadazaón: 13 de octubre
Regreso de Búbal (Huesca): 19 de octubre
TEXTOS: Saray Fernández y Paula Cañada
FOTOGRAFÍA: Mónica Panadero
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